Julio 7, 2008

Julio 6, 2008

La información

Julio 5, 2008

Según avanzaba el Ejército Rojo por tierras alemanas en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, las violaciones de civiles alcanzaron grados de brutalidad verdaderamente espeluznantes. No se respetaba ninguna edad, y muchas veces se llevaban a cabo por una soldadesca borracha, que se turnaba con la víctima. Hubo oficiales rusos que, al tratar de impedir estos crímenes, fueron despachados a balazos por sus propios soldados. Es imposible saber el total de las violaciones, pero se calcula que fueron alrededor de 2 millones. Sólo en Berlín se habla de 180.000. Las crónicas dicen que Stalin reía cuando se lo contaban.

El hecho es que la población civil que esperaba angustiada la llegada del Ejército Rojo, se preparaba para la peor de las suertes. Las madres se reunían con las hijas más jóvenes con intención de explicarles lo que les podría ocurrir. Eran tan sólo niñas, pero los adultos creían que si al menos entendían le motivo de su suplicio, eso podía ayudarles a soportarlo.

Comprender es posiblemente nuestro único recurso ante la adversidad.

El divulgador científico Eduardo Punset, en su lucha contra el cáncer, dice que su inquietud por el saber, le ha ayudado a aceptar cuanto le estaba ocurriendo.

El retrato popular del ignorante como un tipo feliz no es cierto. La ignorancia nos hace más frágiles, intensifica nuestra frustración. La ignorancia es como habitar un palacio de cristal, que en el momento en que estalla nos deja rodeados de pedazos punzantes.

No saber, es hiriente.

Después de la II Guerra Mundial, Europa se encaminó hacia la tercera. Faltó poco para que no estallara, o lo hizo, pero de un modo especial, conocido como la Guerra Fría. Los contrincantes no se valieron de ejércitos numerosos, sino de células que actuaban dentro del tejido social de los países que deseaban dominar usando el espionaje, el terrorismo y la propaganda. Así fue como los Estados Unidos de América y la Unión Soviética pelearon en Europa, cada cual con el apoyo de sus aliados continentales.

Durante las décadas de los sesenta y setenta nacieron grupos armados de inspiración comunista por toda Europa: ETA, IRA, Terra Lliure, Fracción del Ejército Rojo Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas… Y, como contrapunto, la CIA puso en marcha la Operación Gladio, creando y amparando logísticamente a grupos de la ultraderecha clandestina. En Italia, Gladio la creó Licio Gelli, que combatió en el ejército fascista, y que entonces dirigía la siniestra logia masónica Propaganda Due (P2). En la Alemania Occidental fue Reinhard Gehlen, quien fue oficial en el Tercer Reich, y que en aquellos años era el Jefe de la contra-inteligencia, reclutado en la Operación Paperclip.

Los métodos de Gladio fueron despiadados y, aunque siempre supieron ser oscuros en sus movimientos, se les atribuyen la participación en golpes de estado como el de Grecia en 1967 y el de Turquía en 1980; matanzas como el de la Piazza Fontana (1969) y la de la estación de trenes de Bolonia (1980); o en magnicidios de personalidades en el caso de Aldo Moro, asesinado en 1978, y el de Olof Palme en 1986.

Y esta guerra sucia hasta la náusea, tuvo un campo de batalla singular: Italia. Este país poseía el partido comunista más popular de Europa Occidental y, con el particular sistema electoral italiano, era muy probable que el PCI lograra formar parte de un gobierno de coalición, algo inaceptable para Gladio y P2. Si los comunistas pudieran tener acceso a secretos de estado o planes de la OTAN, la Unión Soviética tendría un informador en la primera línea de fuego del enemigo. Así que cualquier método era aceptable para evitarlo. Aunque, paradójicamente, que el Partido Comunista formara gobierno de coalición con los democristianos tampoco gustaba en el Kremlin. Se deseaba desestabilizar al enemigo, hacerle temer una revolución, mantener la lucha armada. El pacto contradecía esta estrategia del caos.

Los setenta fueron conocidos en Italia como Los años de plomo.

La crisis económica era durísima.

Y a cada lado del abanico político había dos hombres de una gran talla intelectual y humanista: Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana Italiana, y Enrico Belinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano.

Ambos eran personas cultivadas, inteligentes y tolerantes. El propio Belinguer contradijo en muchas ocasiones la política del Kremlin, como la invasión de Checoslovaquia. Moro, que desde la adolescencia militó en grupos católicos, renunciaba a defender la postura de la Iglesia -pues el papa Pío XII había excomulgado a los comunistas-, mostrándose dispuesto a llegar a un acuerdo de estado con partidos de izquierda para sacar a Italia de la crisis social, política y económica.

Iban a la contra del mundo.

Dos Quijotes en una Europa de gángsteres.

Cuando Aldo Moro se encaminaba al congreso para votar una moción de confianza al nuevo gobierno de Giulio Andreotti, por vez primera con el apoyo del Partido Comunista, fue secuestrado en medio de un tiroteo que acabó con la vida de sus cinco escoltas.

Los secuestradores, pertenecientes a las Brigadas Rojas, pedían la liberación de varios terroristas presos a cambio de la vida de Aldo Moro.

Por la sucesión de los hechos, no parece que las fuerzas del estado hicieran un trabajo intenso por localizar al líder democristiano. Ni tampoco la clase política. Durante su cautiverio Moro escribió cartas a su familia, que no dejaba de pedir una ayuda que nadie quería prestar, y a célebres personalidades de la vida pública italiana. Su escritura epistolar está compuesta de la sinceridad de quien se sabe condenado a muerte. Hay una amargura intensa en sus palabras. Como si con su muerte se perdiera algo más que su propia vida.

Su cuerpo fue encontrado, el 9 de mayo de 1978, en el maletero de un coche abandonado en la Via Caetani, en Roma, junto a las sedes de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano.

Nadie encontró a los secuestradores.

Ya se lo advirtió el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, según la esposa de Moro, con esta frase: “Debe abandonar su política de colaboración con todas las fuerzas políticas de su país… o lo pagará caro.”

Y lo hizo.

“Buongiorno, Notte”

Junio 29, 2008

<<Quien se quema con el agua caliente, es el mismo que sopla en un yogur.>>

Proverbio búlgaro

Junio 29, 2008

Junio 28, 2008

<<La paz obtenida con la punta de la espada no es más que una tregua.>>

Proudhon

Bajo Presión

Junio 28, 2008

Son tiempos de tormenta. La morosidad empresarial y el de las familias con hipotecas han aumentado de modo considerable. El gobierno está ya nervioso por encontrar la fórmula para tranquilizar a un país que ha asistido a una huelga de camioneros que amenazaba con paralizarlo. El presidente anuncia que va a contener el gasto público mientras dure la crisis. Y ésta lo hará hasta que los Estados Unidos se recuperen de la caída libre en la que se encuentra. Por el momento, los bancos americanos están perdiendo mucho dinero, y algunos se han ido a la quiebra. Los despidos se cuentan por decenas de miles.

El gran problema, es que las arcas públicas de Estados Unidos tienen un déficit enorme, y las tres causas que lo provocan (el precio del barril de crudo, la guerra en Irak y Afganistán y las importaciones de China) no parece que vayan a dejar de comerse una parte importante del presupuesto nacional. Sólo en Irak se han consumido 3 billones de dólares en cinco años.

Y a la par de esto, está calando un cierto fatalismo milenarista en la sociedad, reflejado desde hace un tiempo en películas y libros con argumentos apocalípticos. Una encuesta afirma que un 44% de los estadounidenses cree que el segundo advenimiento de Jesús se producirá en los próximos 50 años.

Estamos mundialmente deprimidos.

Tenemos miedo y sufrimos de ansiedad.

Aunque las señales de alerta son muy serias, el ser humano ya ha vivido épocas de pánico colectivo en la edad moderna de mayor envergadura que las actuales. El crack de Wall Street, o la llamada Gran Depresión, fue el colapso de la economía de los Estados Unidos en 1929 como nunca antes se había conocido. Un 25% de la población activa quedó sin trabajo, y desapareció un tercio de la producción del país. La crisis arrasó con alrededor de nueve mil bancos y se extendió a Europa, todavía con los cascotes de la Gran Guerra por recoger, y que supuso el colapso definitivo de una Alemania en estado de coma industrial. En Asia produjo la caída del régimen chino de Chiang Kaishek, que llevaría a los comunistas al poder, y animó a la camarilla de militares imperialistas del Japón a dominar el Pacífico, aprovechando que el mundo ya estaba demasiado ocupado en salvar los muebles del naufragio económico.

Lo peor de todo, es que la reacción del presidente estadounidense Hoover fue la de un gobernante incapaz de entender lo que sucedía. Su política conocida como laissez-faire significó alargar la crisis durante una década. Para la sociedad rural, que representaba la esencia en el imaginario colectivo del estadounidense religioso y trabajador, fue una catástrofe de dimensiones gigantescas. Las carreteras se llenaron de granjeros dirigiéndose a las ciudades en busca de trabajo, donde encontrarían una vida de miseria y violencia de bandas gracias a la conocida Ley Seca, que ilegalizaba el alcohol.

Después estalló la II Guerra Mundial y, tras su final, el mundo vivió una gran prosperidad que duró unos veinte años. Pero, tal como señalaba Freud, después de todo estallido psicótico, deviene una etapa depresiva. La crisis de los ‘70 sería parecida a la actual por su relación con el precio del petróleo. Estalló en octubre de 1973, con la cuarta guerra árabe-israelí, conocida como la Guerra del Yom Kippur. La OPEP, organización de países exportadores de petróleo, decidió ayudar a Egipto y Siria en su ofensiva militar reduciendo la producción en un 10%, algo que hacía entender a Occidente que ir en rescate de Israel podía ser muy costoso para su economía. Lo cierto es que el conflicto bélico en sí, con las zonas de extracción de petróleo convertidas en objetivo militar, hizo que la afluencia del oro negro disminuyera en un 15% en las dos primeras semanas de guerra.

La economía mundial entró en crisis.

Y la situación fue aún a peor.

La OPEP volvió a reunirse en noviembre. La guerra iba ya mal para los árabes, que habían perdido la iniciativa en el campo de batalla. Se acordó entonces una drástica reducción de la exportación de crudo en un 25% respecto a las cifras anteriores a la guerra. Además de este recorte en las exportaciones, se decidió el aumento del precio de referencia de 3,01 dólares a 5,12 dólares por barril. Esto supuso un aumento final del 70% o más.

Sin añadir más datos, digamos que la llamada “Primera Gran Crisis” terminó en enero de 1974 con un aumento del precio de referencia marcado por la OPEP de 5,119 dólares/barril a 11,651 dólares/barril.

Más tarde, en 1978, llegaría la “Segunda Gran Crisis”. Devino a raíz de la revolución islámica de Jomeini contra el Sah de Irán. La OPEP aumentó los precios en un 14,3% en diciembre de ese año, para subirlos un 3% en enero de 1979. Durante ese año, el precio siguió subiendo hasta alcanzar los 24 dólares/barril en diciembre. Al año siguiente estalló la guerra entre Irán e Irak, y ambos países dejaron de exportar crudo, lo que produjo un caos absoluto en los precios.

Ya en octubre de 1981, con la población mundial temblando cada vez que concertaban una cita, la OPEP estabilizó los precios de referencia fijándolos en 34 dólares/barril. Algo muy caro en aquella época, pero al menos tranquilizó los mercados y disipó la crisis.

Lo cierto es que se debió haber tomado nota. Fue el momento de comprender que el alza del crudo frenaba cualquier crecimiento económico por muy milagroso que éste fuera. Para Occidente tuvo consecuencias durísimas en puestos de trabajo y políticas sociales, pero para los países del tercer mundo, que se acababan de independizar de las metrópolis, tuvo efectos devastadores en sus precarias economías.

No sé cuánto va a durar esta crisis. Bueno, nadie lo sabe. Pero estos son los referentes del pasado, y por el momento, aún no hemos visto más que la espuma de la gran ola.

Under Pressure

Junio 24, 2008

Entre Tania Head, presidenta de la Red de Supervivientes del World Trade Center, y Enric Marco, presidente de la Amical de Mauthausen, había varias coincidencias. La más trivial, que ambos eran catalanes. La más grave, que ambos eran unos farsantes. Ni Tania Head estuvo en el piso 78 de la torre sur el 11 de septiembre del 2001, ni Enric Marco estuvo preso en el campo de concentración nazi de Mauthausen. Aún así, ella mantuvo el engaño durante 6 años, y él tardó casi tres décadas en ser descubierto.

Y es que los dos eran grandes fabuladores. Expertos en dar un impulso dramático a sus relatos. Tania hacía llorar a su auditorio con ese hombre moribundo entregándole su alianza para que se la llevara a su esposa con un mensaje de amor eterno, justo antes de ir a ponerse a salvo. Enric, que concedía más de mil conferencias al año, conseguía momentos emocionantes con historias en las que explicaba sus intentos de calmar a sus camaradas presos en estado de histeria cuando, en las duchas, creían que iban a ser gaseados.

Nada de aquello ocurrió.

Todo eran retazos de recuerdos ajenos y mentiras propias.

Si Tania y Enric lograron representar a unas víctimas de unas tragedias que nunca padecieron, fue porque ellos habían idealizado sus recuerdos. No trataban de olvidar y reconstruir sus vidas -puesto que habían reconstruido las suyas precisamente haciéndose víctimas-, sino que se regocijaban en el recuerdo, el cual mimaban con nuevos detalles que añadían a medida que mejoraban su estilo narrativo.

Ellos no padecían lagunas en sus recuerdos, ni habían hecho nada de lo que avergonzarse para salvar la vida. No tenían sentimientos de culpabilidad. Eran víctimas ejemplares. Impolutas. Sin colaboracionismo con el enemigo ni cobardía ciega.

Las verdaderas víctimas les envidiaban.

¿Cómo no iban a desear que les representaran?

Pero ahí está justamente el principio de la mentira: la idealización de la realidad.
Los humanos somos unos sentimentales, que en menos de una generación convierten los hechos en leyendas.

Cuando la primatóloga Jane Goodall viajó a África en 1957 deseando ver al chimpancé en su hábitat natural, descubrió algo muy duro de aceptar en la bella imagen preconcebida que tenía del animal: podía ser monstruoso. En su trabajo de observación y estudio, Goodall fue testigo de una guerra brutal entre dos grupos rivales de chimpancés por el dominio del territorio. La lucha duró cuatro años, involucrando a dos generaciones. Y los perdedores capturados fueron descuartizados.

El chimpancé no dejó de ser él mismo después de aquella contienda, que Goodall llamó La guerra de los cuatro años, fue la imagen idealizada de ella la que quedó tocada como falsa, o al menos, un tanto ilusa.

Un fabulador cuidadoso debe luchar contra el idealismo: resta veracidad.

En el 2003 Jayson Blair había alcanzado notoriedad como reportero en el New York Times (NYT), año en el que, por cierto, Tania Head y Enric Marco ejercían de cuentacuentos con notable éxito. Blair era negro, algo que no era trascendental salvo para señalar que había entrado en el prestigioso periódico gracias a la política de cuotas que marca la discriminación positiva. Pero pronto demostró tener talento para estar al pie de la noticia en el momento justo, en el instante preciso de los hechos. Sus artículos eran historias vibrantes de la calle, que emocionaban y demostraban que el gran NYT era algo más que periodismo para la elite.

El alcohol y la cocaína fueron restando habilidad a Blair. Y se mostró incapaz de dar respuestas convincentes, cuando en el periódico le llamaron la atención por la inexactitud de varios datos que él había dado en sus reportajes.

Cuando Blair estaba ya asomado al abismo. Decidió escribir la mentira suicida. Aquella que terminaría de hacer sonar todas las alarmas.

La guerra en Irak acababa de empezar, y la soldado Jessica Lynch se había hecho famosa al ser rescatada de un hospital en el que estaba recluida. Blair tomó la decisión de ir a visitar a los Lynch para entrevistarles y hacer un reportaje. El NYT le dio el visto bueno, pero Blair (fiel a su estilo) no fue al lugar de los hechos. Ni conoció a los padres de Lynch. Ni visitó el lugar en el que vivían. Aún así escribió que se encontró con Gregory, padre de la soldado Jessica Lynch, en el porche de su casa, con vistas a campos de tabaco y pastos de ganado. En realidad, la casa se encontraba en un barranco, y desde el porche sólo se veían troncos y maleza. La supuesta entrevista que realizó a los padres de Jessica, estuvo copiada literalmente del diario Express-News de San Antonio.

No fueron los Lynch quienes delataron a Blair, sino la competencia del NYT. The Washington post no desaprovechó la ocasión para denunciar las mentiras del periodista. Obligados a actuar con rapidez para salvar la imagen del periódico, la dirección se reunió con Blair a puerta cerrada. El acusado no se defendió, simplemente se limitó a presentar su renuncia. Pero había algo que no entendía Howell Raines, director del New York Times: ¿por qué los Lynch no habían dicho nada sobre las mentiras de Blair? Cuando les llamó y habló con Gregory, le preguntó el motivo de su silencio. <<Bueno –le contestó el padre de Jessica Lynch-, aquellas mentiras sobre mi casa rodeada de pastos y campos de tabaco me hicieron reír. Eran agradables de leer.>> <<¡Pero no dejaban de ser falsedades!>>, le replicó Raines molesto. <<Pero yo siempre he dado por hecho que los periódicos mienten. Aquello no era nada anormal para mí.>>

Aquella respuesta de Gregory Lynch, fue para Raines la más dura crítica que haya escuchado jamás a su profesión, porque a fin de cuentas estaba totalmente fundada.

Junio 20, 2008

<<Esta es la verdad sobre el dolor: nacer es dolor, envejecer es dolor, enfermar es dolor, separarse de lo que amamos es dolor, no conseguir lo que deseamos es dolor (…) La causa del dolor es la sed que lleva querer volver a vivir, a buscar lo que nos gusta (…) Pero para que el dolor desaparezca hay que cortar con esa sed de existir, rechazarla, liberarse de ella. El camino para que desaparezca tiene ocho partes: opinión correcta, pensamiento correcto, palabra correcta, actividad correcta, medios de vida correctos, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta. Este es noble camino óctuple que extingue el dolor y lleva a la liberación.>>

Buda (sermón del Benarés)

Junio 19, 2008

La canción de Hitler

Junio 19, 2008

Todo irá bien

Junio 19, 2008

Cuando el ministro Neville Chamberlain aterrizó en Gran Bretaña después de firmar el pacto de Munich, dijo aquello de “Hitler es un hombre de paz”. Europa respiró aliviada: se creía fuera de peligro. Incluso un parlamentario sueco tuvo la iniciativa de incluir a Adolf Hitler como candidato al premio Nobel de la paz. Y así consta en los registros de 1939. Ese mismo año, el dictador alemán invadió Polonia y estalló la II Guerra Mundial.

Hay que tener cuidado con nuestros deseos, porque pocas veces se ajustan a la realidad.

Puede que la esperanza nos ayude a vivir con ilusión, pero la realidad siempre termina imponiéndose.

Los publicistas, que saben mucho de la fuerza de nuestras emociones a la hora de tomar una decisión, utilizan la táctica de ayudarnos al autoengaño. Nos dan esa excusa que andamos buscando, pero que ellos más hábilmente ya han imaginado por nosotros. Imágenes atractivas acompañadas de palabras como libertad y seguridad, envueltas en la voz y la música apropiadas, nos terminan de dar el empujoncito que precisamos para comprar el coche que nos ronda en la cabeza.

Por eso me encantan las teorías futuristas de Ray Kurzweil, porque me ayudan a creer que es deseable asistir al futuro. Sus predicciones son tan vitalistas como una animada canción de rock & roll. Es un hombre renacentista; inventor de talento, científico y empresario, hábil al piano y escritor de libros de ciencia ficción, y también de ensayo, en los que augura un futuro muy interesante de vivir. Según Kurzweil la energía solar será tan popular en cinco años, que competirá en costes con los combustibles fósiles, a los que sustituirá por completo en 20 años. La esperanza de vida aumentará dentro de tres lustros, e irá aumentando cada año. Sólo es necesario mantenerse vivo hasta entonces. Su fe radica en la nanoingeniería y la Inteligencia Artificial. Está convencido que en el 2020 habrá implantes de circuitos informáticos en el cerebro y construiremos máquinas tan inteligentes como nosotros mismos.

¿Será entonces el comienzo de una nueva especie de nuestra rama evolutiva?

¿La llegada del homo bionico?

Para defender sus predicciones, Kurzweil habla de las curvas ascendentes en los cambios tecnológicos según la Ley de Moore. En un principio se producen modestas progresiones, que terminan disparándose en cuanto se alcanza el grado de desarrollo adecuado.

A fin de cuentas, entre el primer vuelo de los hermanos Wright en diciembre del año 1903 y la llegada a la luna de Neil Amstrong en el Apolo XI, sólo hay 66 años de diferencia.

Quien haya vivido ambos acontecimientos podría esperar cualquier cosa del futuro.

Pero nosotros, impertérritos ya ante los constantes inventos, casi podríamos ignorarlo en nuestra indolencia existencial.

Junio 16, 2008

En 1983, el grupo cómico británico Monthy Pyton presentó una película titulada The Meaning of Life, cuyo argumento era una serie de grotescas historias en las que se escarmentaba a instituciones como la Iglesia, el Ejército o la Universidad. Pura irreverencia hacia lo que se ha considerado sagrado hasta hace bien poco. Esas instituciones, en las que se ha formado la elite de la sociedad británica durante siglos, eran la diana de sus burlas, y desmontarlas a cañonazos de humor dejaba en ridículo sus maniáticas tradiciones de pompa y boato.

El resultado era un cuestionamiento de los valores que habían regido durante siglos la existencia de las clases sociales.

Una bomba dentro de un divertido papel de regalo.

Hasta hace bien poco los dioses de cada tribu o pueblo han dado sentido a la existencia humana. Ser ateo era algo tan reprobable socialmente hasta el siglo XX como ser homosexual. Una aberración de la naturaleza.

Pero hoy en día hay gente como Piergiorgio Odifreddi, uno de esos italianos geniales a los que es imposible ignorar por su afilada inteligencia, que son el producto de una evolución crítica que comenzó con la Ilustración. El Vaticano está muy incómodo con su libro Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos, justo en el momento en que el santo padre Joseph Ratzinger publicaba Jesús de Nazaret. Ambos han sido éxito de ventas. Pero lo desconcertante es que el libro de Odifreddi se haya codeado con el del mismísimo papa Ratzinger en un país en el que 30 millones de ciudadanos se declaran cristianos. Eso es lo que ha asustado al Vaticano: ¿son nuestros fieles tan leales como quisiéramos?

Odifreddi ha estudiado muy seriamente la Biblia y el catecismo, y en algunos casos ha usado la ciencia para entender casos como el de la ascensión de la Virgen María. Calculó su elevación corpórea desde la ciudad de Jerusalén a la velocidad de la luz. Subiendo a 300.000 km/s durante 2000 años aún no ha atravesado nuestra galaxia. La podríamos localizar con un telescopio potente situado en el mismo punto de donde comenzó su despegue.

Maravillosa ocurrencia.

Lo cierto es que las tres grandes religiones monoteístas, que han acabado imponiéndose sobre las viejas creencias politeístas, han sufrido golpes difíciles de encajar. El primero y más duro fue el que asestó Nicolás Copérnico con su modelo heliocéntrico del universo. De pronto, lo que decía la Biblia era una perfecta sandez insostenible. La Tierra no era el centro de nada, sino un simple planeta girando alrededor del Sol.

Así de sencillo.

Y así de revolucionario.

Luego vendrían los demás. Galileo Galilei, Johannes Kepler, Isaac Newton, William Herschel…

El resultado de este despertar ha sido el final de la inocencia teológica. Los últimos dos siglos han sido el crepúsculo de los dioses. Puede que el poder de la religión aún sea enorme, pero los ulemas, sacerdotes y rabinos saben los peligros que se ciernen sobre su poder paternalista en esta época de terribles verdades. Cuando los dibujantes de caricaturas ridiculizaron la figura de Mahoma, los islamistas se horrorizaron por el atrevimiento; ninguna religión mantiene el tipo frente al sarcasmo. Su idea de Dios es la de un tirano del que debiéramos alejarnos por el bien de nuestra salud mental.

Imaginemos un hormiguero. Y nosotros reclinados, observando el discurrir de las hormigas sabiendo que, en cualquier momento, podríamos aplastar a cualquiera de ellas con un dedo. Nuestro entretenimiento se basa en que cada bichito negro de antenas haga lo que hemos dicho que deben hacer. Si alguien lo discute, si una de esas hormiguitas pregunta el porqué de las reglas: la aplastamos.

Esta es la idea de Dios para judíos, cristianos y musulmanes.

Algo desolador.

¿Lo que entonces nos queda es el puro vacío?

¿La nada existencial?

¡Mmmmh!

No.

Decididamente, no.

Mi fe es que primero debemos liberarnos de esos dioses asfixiantes, lejanos e inseguros. Que nos atan a dogmas como perros a cadenas, que cuando respiramos algo interesante de oler, nos tiran de ella para regresar a los pies del amo.

El segundo paso es reconocernos como seres racionales en busca de respuestas que ninguna religión nos resuelve. No somos niños preguntando a papá y mamá el significado de la palabra felación.

Queremos saber. Entender.

¿Y adónde acudir entonces?

Estudiando las religiones he visto que todos los profetas lo tenían muy claro. Los jefes incas y los faraones de Egipto, Jesús y Mahoma, todos ellos, se sabían hijos de Dios, y como tales predicaron la palabra divina.

Sólo uno mostró una crisis existencial en la plenitud de la vida. Únicamente Buda quiso entender el porqué de la existencia. Es cierto que el sermón de Benarés de Buda se ha comparado con el sermón de la montaña de Jesús de Nazaret (Mateo 5, 3-10), pero mientras Jesús parece querer comprender a su Dios Padre, Sidharta Gautama en cambio busca el sentido de la vida. Por eso, la diferencia entre ellos es abismal.

Buda es un noble nacido en la India de hace 2500 años. Tiene una existencia regalada, pero es infeliz. No entiende el significado de la vida. A los veintinueve años decide ir en busca de una explicación; y, ya que no ha encontrado ninguna respuesta en una vida lujosa, la busca en la pobreza. Se retira al bosque, en donde lleva una vida que lo deja en los huesos. Casi muere de inanición. Y así, llega a la conclusión de que la virtud está en el camino medio, alejada de los extremismos. La única verdad está en el presente. Y la vida es sufrimiento.

A los treinta y seis años, dicen que se produce su despertar, y desde ese momento comienza a ser un maestro. Se convierte en un predicador ambulante, como lo fueron los demás profetas, aunque a diferencia de ellos, él pide meditar en lugar de rezar. Para Buda no existe el pecado. Tampoco acepta el martirio. Hay que evitar el daño a un ser vivo, comenzando por uno mismo. La búsqueda para liberarse del sufrimiento que el simple hecho de existir lleva consigo, es el camino (el zen) al nirvana, que significa alcanzar la paz de espíritu.

Por su afán de entender, el budismo me produce respeto.

Junio 16, 2008

“Uno solamente posee aquello que no puede perder en un naufragio.”

Proverbio indio

Junio 10, 2008

Junio 10, 2008

“Mercedes mira el reloj.

Fernando: Si quieres llamar…

Mercedes: No, no quiero llamar.

Fernando: Pues tu hermana te llamará pronto. ¿Qué le dirás?

Mercedes desconecta el móvil.

Mercedes: Ahora ya no me llamará.

Fernando (medio decepcionado): Oooh.

Mercedes: ¿Qué?

Fernando: Si casi no he tenido que hacer nada…

Mercedes: ¿Qué pasa?

Fernando: ¿Y si te dijese que mi objetivo era una cosa tan sencilla como que desconectases el móvil?

Mercedes: No jodas.

Fernando coge el sobre y saca la tarjeta.

Mercedes: ¡Mierda!

Fernando mira a Mercedes y vuelve a guardar la tarjeta y a dejar el sobre en la mesa.

Fernando: No. No es este.

Mercedes: Eres un… Muy gracioso.

Fernando: Perdona, no me lo tengas en cuenta.

Mercedes: ¿Sabes por qué me he quedado? Porque me caes tan mal que me quería dar la satisfacción de joderte.

Fernando: Tu madre se sentiría orgullosa de ti.

Mercedes: Tú debes ser huérfano, ¿verdad?

Fernando: ¿Huérfano?

Mercedes: Si tuvieras madre, no harías tanta coña.

Fernando: Tengo madre y padre.

Mercedes: Espero que no necesiten nunca nada de ti.

Fernando: Todo lo que necesiten de mí, lo tendrán. Y mira, eso, ni tocarlo. Puedo parecer lo que sea, sin embargo, para mí, mis padres son lo primero. O sea que no insinúes ni por un momento que yo pueda ser como tú. Y no hablo de una situación como la tuya, que es de juzgado de guardia. Te hablo de toda una vida. Te hablo de no fallarles nunca. Mis padres me han dado tanto, que por mucho que haga, por mucho que intente devolverles sólo una pequeña parte de todo lo que les debo, nunca llegaré a acercarme a su generosidad. Ahora me has tocado la fibra, tú… ¿Sabes por qué no he tenido hijos? Porque creo que nunca podría llegar a quererlos como mis padres me han querido a mí. Mi padre… Tú eres una niña de familia bien, ya se ve. Yo no, yo soy de barrio. Mi padre era revisor de la Renfe. Revisor de la Renfe toda la puta vida. Curraba más horas que un reloj. Había noches que no dormía en casa. Cuando volvía, siempre me traía un regalo. Cosas pequeñas. A veces sólo un caramelo. Pero siempre, y cuando digo siempre es siempre, me trajo alguna cosa. Sólo era un detalle, pero un detalle que quería decir que nunca, en ningún momento, nunca se había olvidado de mí. De vez en cuando, pasaba una semana fuera, entonces mi madre, el día antes de que volviera, compraba habas y, entre los dos las pelábamos, y mi madre le hacía habas a la catalana, que era el plato que más le gustaba. No entiendes de qué te hablo, ¿verdad? En tu casa no se comían habas, claro. Pues en la mía sí, y para mí, ayudar a mi madre a preparar las habas de mi padre era lo máximo. Aún ahora, de vez en cuando, le hacemos habas a escondidas. Y aún ahora, que ya tengo cuarenta años, mi padre me coge del brazo y me dice: supongo que has ayudado a tu madre a pelar las habas, y me da un coscorrón, como cuando tenía seis años y tú no lo puedes entender, pero veo los ojos de mi padre y sé que aún se siente orgulloso de mí. Y mi madre, igual. Pero tú no tienes ni puta idea de lo que estoy diciendo. Tú desconectas tu móvil. ¿No fuiste nunca a la cama de tus padres, cuando tenías miedo por la noche? ¿Qué te crees, que tu madre no tenía miedo, hoy? ¿Sabes qué es lo más importante en esta vida, para mí? ¿Sabes por qué trabajo, por qué quiero prosperar en mi trabajo? Te lo diré, aunque no lo entiendas. Quiero que mi padre y mi madre puedan mirarme siempre con aquellos mismos ojos de orgullo con los que me miraban cuando tenía seis años y hacía las cosas bien hechas. Por eso lucho, cojones. Por eso estoy dispuesto a todo, a ponerme un sombrero de capellán y a lo que haga falta. Porque quiero que mis padres sepan que lo he logrado. ¿Y tú me llamas cínico? ¿Crees que eso que haces demuestra que eres muy fuerte, que este trabajo es muy importante para ti? Lo único que demuestra es que no tienes valor. No tienes cojones de enfrentarte a la vida. Y antes, vas y me preguntas si he querido nunca a nadie… Escúchame bien porque quizá aprenderás alguna cosa, hoy. Llegará un día, niña de familia bien, que se te caerá el culo y las tetas te colgarán como un calcetín, llegará un día que de tu brillante carrera sólo quedará un plan de pensiones ridículo, llegará un día que todo lo bueno ya habrá pasado. Ese día ya les ha llegado, a mis padres, pero me tienen a mí, siempre me tendrán a mí, hasta al final, y haré todo lo que sea necesario para que piensen que su vida ha tenido sentido. Tú, ¿qué tendrás? Nada. Querrás mirar hacia atrás y solo habrá mierda.

Fernando se queda mirando a Mercedes, fijamente.

Mercedes: Dios mío…

Mercedes está llorando.

Fernando: ¿Estás bien?

Mercedes saca un kleenex y se suena.

Fernando: Perdona, pero es que me lo han puesto muy fácil.

Fernando coge el sobre, saca la tarjeta y se la enseña a Mercedes.

Fernando: Te debía hacer llorar.”

(El método de Grönholm, 2003)

Jordi Galcerán

El Sistema

Junio 9, 2008

A la mafia le gusta la basura. Es uno de sus negocios preferidos. Quien trata los residuos de una ciudad, se hace cargo de una de las partidas presupuestarias más importantes del municipio. Sin duda, es una forma de acaparar poder. Es como convertirse en el flautista del cuento, limpiando la ciudad con su música. Además, controlar los vertederos es algo formidable si los desperdicios son… ¿cómo decirlo?

¡Mmmmh!

Asuntos de familia.

Quizá ya pensaron en las consecuencias los empresarios del norte de Italia, cuando la mafia napolitana les propuso hacerse cargo de sus residuos tóxicos llevándolos a sus feudos allá por los años ochenta. Puede que a alguno se le ocurriera que estaban creando un problema para el futuro; pero, si la basura iba a terminar en el sur del país, ¿qué les importaba a ellos?

Es cosa probada que la profunda fe católica de la Camorra, hace a sus miembros conscientes de algo muy prometedor para sus asuntos: todos, en suma, somos pecadores. Corruptibles. Dominables. Es algo que los norteños tienden a olvidar. Creen que están mejor protegidos de la corrupción por haber nacido en la Padania. Ma dai! Sólo los necios se imaginan que el hábito hace al monje. Uno de los problemas a los que se enfrenta el FBI con sus infiltrados en las familias el crimen organizado, es que con frecuencia deciden formar parte de él.

Pero desde hace meses no existe modo de ocultar las consecuencias del gran negocio que se ha estado llevando hasta ahora. La Campania ha quedado colapsada de vertederos. La gente se niega a más basura tras comprobar el aumento de los casos de cáncer, aunque ello suponga enfrentarse a la Camorra. Y así, en Nápoles se ha dejado de recoger la basura. Y si lo hace la policía o el cuerpo de bomberos por orden del gobierno, estos son recibidos en las calles por una lluvia de piedras. La crisis es muy grave, y está dañando seriamente la imagen del país. Silvio Berlusconi se traslada cada semana a Nápoles con sus ministros, prometiendo seguir haciéndolo hasta encontrar una solución. Pero el problema tiene dimensiones enormes por la red de complicidad que existe entre políticos y capos. Mientras, las pistolas hablan para dejar claro que el que se vaya de la lengua tiene las horas contadas. Así ha muerto uno de los empresarios más importantes de la recogida de basuras, Michele Orsi, copropietario de Eco4, abatido por dos hombres que le dispararon dieciocho veces. Es el cuarto testigo asesinado en el último mes.

Desde hace años, hasta que se dé con la solución, se envía a Alemania parte de las 7.500 toneladas de residuos que la ciudad de Nápoles genera a diario con un coste de medio millón de euros por cada traslado.

Sería interesante acompañar a los padanos del gobierno de Berlusconi en una ciudad que les tiene que resultar tan hostil, buscando el modo de resolver un conflicto de tal dimensión. Se las tendrán que componer para negociar con el consegliere que les envíe la familia Casalesi, la más poderosa en la provincia de Caserta. Lo tendrán que hacer con disimulo, a escondidas, pero lo harán. Entrarán en la maquinaria de El Sistema, que es como se conoce el reparto de poder entre los clanes que administran la región.

Porque no les queda otra que hablar con los basureros.

Junio 7, 2008

<<¿Cómo no vamos a quejarnos de Moisés los judíos? Nos tuvo caminando 40 años para llevarnos al único lugar de Oriente Próximo donde no hay petróleo.>>

Groucho Marx

Junio 7, 2008

Todo sobre Hillary

Junio 5, 2008

Cuando Bill Clinton ocupaba la Casa Blanca, en la década de los 90, se decía que quien realmente valía para el cargo de presidente de los EE. UU. era su esposa Hillary. Él parecía poner el encanto y ella el cerebro. Suya fue la iniciativa de intentar crear un sistema de asistencia sanitaria universal que cubriese a todos los ciudadanos; una verdadera revolución en un país cuya sanidad está en manos de los seguros médicos. No lo consiguió, pero cuando se disparó el escándalo de los escarceos sexuales de su marido en el Despacho Oval con una becaria llamada Monica Lewinsky, era obvio que Hillary parecía tomarse la alta política más en serio que Bill.

Y, como no hay terceros mandatos, los Clinton se retiraron de la Casa Blanca en enero del 2001. Se mudaron a Nueva York porque Hillary había iniciado su carrera política convirtiéndose en senadora por este Estado y debía residir en él. Desde entonces ha trabajado seriamente en llegar a ser la candidata del partido demócrata para la presidencia del país.

Ser la primera mujer en aspirar al cargo político más relevante de los EE. UU. significaría un logro personal, al igual que un hito por la igualdad. Pero Hillary ha tenido dos problemas muy difíciles de resolver. El primero es su imagen antipática de mujer ambiciosa carente de escrúpulos. El segundo es un tipo asquerosamente encantador llamado Barack Obama. Cualquier otro oponente hubiera sido fácil de doblegar para alguien como ella, excepto Don Sonrisas Obama. Al igual que su marido Bill, tiene esa fórmula personal que atrapa a la gente, que la infantiliza y los convierte a sus ojos en la mayor atracción de la feria. ¿¡Cómo cojones se hace!? Ella nunca ha sabido lograrlo. Jamás ha entendido el modo de producir ese encantamiento, esas miradas arrebatadas, esas bocas a medio cerrar.

Ahora que Hillary es perfectamente consciente que no logrará ser candidata a la presidencia, luchará por hacerse con el segundo puesto del partido. No abandonará tan fácil como quisieran sus oponentes. Sabe que para muchos significará ser odiosa, pero ella lo ha preferido antes que renunciar al objetivo.

Pero, ¿¡cómo cojones se hace para ser encantadora!?

Junio 3, 2008

El último acto

Junio 3, 2008

Leo sobre el genial fotógrafo neoyorquino Peter Beard, paradigma del hombre-frontera, que retrató el África de los años sesenta como ya nunca se podrá hacer porque, entre otras razones, las nieves del Kilimanjaro dejaron de existir. Beard no cree que la humanidad tenga futuro. Cuando la periodista le pregunta sobre las causas de su pesimismo, responde: “Soy extremadamente realista. Nos pasará como en la película El planeta de los simios. Y ya lo dijo Orwell. Pronto no quedará nada. Quizá no desaparezcamos, pero viviremos como cucarachas”.

Es imposible obviar tanto augurio de apocalipsis cuando quienes lo vaticinan son personas como el propio Beard. Lo cierto es que el miedo parece estar calando en nuestras conciencias. Se extiende como una mancha de aceite sobre la tela del Viejo Continente. Los partidos políticos más extremistas, con mensajes inspirados en la ultraderecha, son cada vez más populares: claro indicio de un miedo general latente. Ya hemos pasado por esto antes.

La Historia está llena de civilizaciones truncadas. De gente que asistió al final del mundo tal y como lo conocían. Los aztecas que vivieron la llegada al Yucatán de Hernán Cortés y sus hombres, vieron derrumbarse en apenas tres años lo terrenal y lo divino. Fue la muerte de todo cuanto creían.

En Europa, se pensó firmemente que el final de la humanidad había llegado, cuando la gente comenzó a enfermar y morir por miles en el siglo XIV. La bacteria de la peste acabó con la vida, en tan sólo cuatro años, de 20 millones de personas en un continente habitado entonces por 80 millones. Las ratas que propagaron la llamada peste negra, llegaron en barcos de comerciantes genoveses procedentes de Oriente. Las pulgas que se alojaban en el pelaje de los roedores, saltaban a los humanos después de infectar a la rata. Su picadura suponía la muerte entre un 40 y un 90% de los casos. Pero hicieron falta 400 años para descubrir al causante.

Y así, aldeas y ciudades enfermaban y morían bajo un miedo de incomprensión hoy en día inimaginable. Los campos quedaban a merced de los pájaros y la maleza. Los señores feudales que no caían víctimas, se veían sin vasallos sobre los que ejercer su poder. Por todos lados aparecían iluminados anunciando que Dios se estaba vengando de tanto pecado. Se organizaron procesiones por todo el Continente, cuyos miembros decían sermones, llevaban cruces y se flagelaban a sí mismos. Llegaron a tener 10.000 seguidores. El entonces papa Clemente VI prohibió estos movimientos temiendo su poder creciente en el año 1349.

La multitud, azuzada por el pánico, buscó culpables, y los encontraron en los judíos. Se los acusó de envenenar pozos y fuentes por toda la cristiandad. Además, eran infieles, y los asesinos de Cristo. Y así, desatada la peor de las bestias humanas: el miedo más auténtico y puro, en enero de 1348, en la ciudad de Basilea fueron quemados en la hoguera 600 judíos. Matanzas similares se produjeron en Zurich, Chillon, Barcelona, Cervera… El papa Clemente VI, desde Aviñón, que era la sede pontificia en aquella época, emitió una bula que exculpaba a los judíos de provocar la peste, dando la sencilla razón de ser ellos también víctimas de la enfermedad. Pero su edicto no detuvo a las masas, y el Día de san Valentín, en la ciudad de Estrasburgo, se quemó a 900 judíos. Así fue como desaparecieron más de 200 comunidades hebreas en toda Europa.

Nunca antes, el Viejo Continente sufrió una mortandad comparable.

Una ausencia de Dios comparable.

Un pánico comparable.

Los minuti, los vulgares de las urbes que no podían huir como lo hacían los potentados, tomaban el gobierno que quedaba vacío, para descubrir que no lo hacían peor que quienes habían gobernado hasta aquel momento. La conciencia de una muerte probable, hizo a muchos vasallos ser exigentes ante los señores para mejorar las condiciones de sus vidas. Hubo revueltas campesinas por doquier. En Inglaterra, en el 1381, los insurrectos llegaron a sitiar la Torre de Londres y matar al arzobispo de Canterbury.

Era el mundo al revés.

El ser humano desnudo ante la muerte. Sin títulos ni armaduras.

Cuando la peste empezó a remitir, ya nada era igual que antes. Ciertamente no acabó el feudalismo, pero quedó en evidencia la fragilidad del sistema que regía la vida terrenal. La evidencia de que la peste no había respetado a nadie, ni a mendigos ni a príncipes, quedó grabado en la conciencia de las gentes. Surgió un boom creativo muy popular que ensalzaba la muerte. Se impulsó la escritura de las conocidas como “danzas macabras”. La dama negra se volvió musa de artistas, que la representaban con un mensaje claro: memento mori, recuerda que morirás.

Quizá estamos recuperando partes de ese pasado conservado en nuestro subconsciente.

Las noticias de un petróleo que se acaba o un cambio climático que destruirá el mundo, despierta nuestro atávico fatalismo.

Pero, ¿a quién quemaremos esta vez? ¿A los inmigrantes?

El Séptimo Sello

Junio 3, 2008

Junio 3, 2008

Francisco I de Francia, mecenas de numerosos artistas, como el mismísimo Leonardo da Vinci, tenía un bufón llamado Triboulet. Un buen día, Triboulet acudió muerto de miedo a su señor, porque sus bromas habían enojado tanto a un cortesano, que éste había jurado cortarle el cuello. Francisco I le aseguró que si le ponía una mano encima, ordenaría ahorcarlo una hora después. “Señor –le respondió Triboulet-, os agradecería que le hicierais ahorcar una hora antes”.

<<El que la Biblia no tenga ni huella de humor, es uno de los hechos más extraordinarios de la literatura.>>

A. N. Whitehead

Junio 2, 2008

En el punto de mira

Junio 2, 2008

George W. Bush, presidente número 43 en la historia de los Estados Unidos, respondió a los ataques terroristas de al Qaida del 11 de septiembre del 2001 invadiendo Afganistán. Año y medio después, el 20 de marzo del 2003, ordenaría, como comandante en jefe, la invasión de Irak. El resultado a día de hoy, es el de un ejército incapaz de ganar dos guerras al mismo tiempo, un país económicamente débil para mantener el gasto que están provocando ambas contiendas, el desolador panorama de un Oriente Próximo en llamas y un Estados Unidos más odiado que nunca.

De todas las respuestas que se pudieron dar a los ataques de al Qaida, se eligieron las más peligrosas aventuras militares.

¿Cómo hubiese respondido George W. Bush a la crisis de los misiles, allá por el año 1962? Es casi seguro que, visto lo visto, el mundo hubiese conocido la 3ª Guerra Mundial.

Entonces, al principio de los 60 del siglo XX, el clan familiar que ocupaba la Casa Blanca eran los Kennedy, de cuya capacidad de seducción no se ha repuesto el país, a pesar de todos los trapos sucios que se han ido desvelando con el tiempo. Era una época de guerra de nervios, o Guerra Fría, entre las dos superpotencias y sus respectivos aliados: los Estados Unidos de América por un lado, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas por el otro. Y, en este marco internacional, el joven régimen comunista de Fidel Castro, que había sufrido una invasión por parte de cubanos exiliados en Miami un año atrás, se disponía a instalar misiles nucleares soviéticos mirando a los EE. UU.

En fin, un casus belli perfecto para comenzar una hecatombe nuclear.

Hoy en día se sabe bastante del modo en que fue resuelta la crisis. Aunque John Kennedy, “Jack” dentro del clan, era el presidente, su hermano menor Robert, o “Bobby” en la familia, que ejercía las funciones de fiscal general, desempeñó un papel crucial al mantener a raya a los halcones del Pentágono que deseaban ir a la guerra y, al tener abierta una vía confidencial de diálogo con el Kremlin. Finalmente, como ya se sabe, los barcos rusos que llevaban los misiles a Cuba recibieron la orden de regresar a sus bases. Se produjo entonces una crisis entre la Habana y Moscú. El régimen de Castro, enfurecido, organizó manifestaciones en las calles en las que la gente gritaba contra el dirigente ruso Kruschev: “¡Nikita, marica, lo que se da no se quita!”

También en los Estados Unidos hubo mucha gente furiosa con los Kennedy; parecía que se entendían bien con los comunistas.

Poco tiempo después, el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963.

Su hermano Bobby, lo fue en la noche del 5 al 6 de junio de 1968 en un hotel de Los Angeles.

Las comisiones que se formaron para investigar ambos asesinatos, llegaron a la misma conclusión en los dos casos: fue un solo asesino.

Algo de lo que el 85% de los norteamericanos dice desconfiar.

El piloto y el arquero

Mayo 31, 2008

Se acaba de encontrar una nueva tribu en América, en algún lugar de la selva entre Perú y Brasil. La reacción de los indígenas, al avistar el helicóptero que los sobrevolaba haciéndoles fotografías, fue dispararle flechas.

Sorprende hasta qué punto el piloto representaba un perfecto extraterrestre para el arquero, aunque habitasen el mismo planeta. Las flechas eran disparadas contra algo que juzgaba peligroso. Enemigo. Un monstruo que se mantenía sobre el aire rotando sus ventosas aspas ruidosas.

Sin embargo el piloto, aunque se sorprendiera del encuentro con la tribu, entendía perfectamente lo que sucedía.

Injusto para el arquero, porque él no podía comprender nada.

Es relativamente fácil imaginar al piloto regresando a la ciudad y anunciar su descubrimiento a los periodistas: como prueba estarán sus fotografías. No tendrá problemas para ser creído, y de paso hacer negocio. Pero lo verdaderamente interesante sería asistir a la asamblea que la tribu formase para discutir la llegada del helicóptero.

¡Qué miedo y excitación se dará entre todos sus miembros!

¿Qué dirán los ancianos sabios? ¿O el hechicero? ¿Cómo explicarán la llegada del piloto? Ellos, que representan la razón, aunque padezcan la misma falta de comprensión de lo sucedido, se creerán en el deber de calmar a los suyos: de darles una explicación que les tranquilice. Serán momentos difíciles. Es probable que piensen que el helicóptero provino de un mundo mágico que, por sorpresa, se coló hasta ellos, y que una vez que regrese a su lugar, no vuelvan a verlo jamás.

¿Quién sabe?

¡Pero qué fascinante sería oírles discutir! ¿Qué buen periodista no daría su vida por ello? Estoy convencido que cualquier antropólogo fantasearía en estos momentos en ser un simple testigo. Pero, paradójicamente, su sola presencia, aunque fuera muda, cambiaría completamente el debate. Le pedirían que explicase de dónde provino el helicóptero, y que describiera el mundo del piloto.

Esta vez no sería como en 1492, fecha en la que dos civilizaciones colisionaron con la llegada a América de Cristóbal Colón. Las diferencias entre los españoles y portugueses con el modo de vida de aztecas e incas, no eran mayores que sus coincidencias. El mundo no era demasiado diferente científica y tecnológicamente entre los europeos y americanos. A fin de cuentas, Colón murió creyendo que había estado en Asia. El mismo Pizarro, conquistador del Imperio Inca, era un analfabeto en busca de fortuna.

Pero ahora, la diferencia entre el piloto y el arquero es abismal.

Tan enorme como el ¡clap! de la flecha chocando contra la chapa del helicóptero.

Mayo 28, 2008

Mayo 28, 2008

Un escritor, harto de tanta corrección política, inventó la siguiente adivinanza: ¿sabrían ustedes a qué políticos del siglo XX corresponden las siguientes características? Al político A se le conoce su afición desmedida por el alcohol, fuma sin cesar y odia a los animales; el B no bebe ni fuma y adora a los animales, tanto es así que se convirtió en vegetariano porque no soportaba la idea de comerse a un ser vivo. Los defectos del A corresponden a Winston Churchill, mientras que las virtudes del B pertenecen a Adolf Hitler.

Mayo 28, 2008

<